viernes, 30 de mayo de 2014

Casas del Monte el Torno - 11 de mayo de 2014

Llegada a Casas del Monte.
 
 

El día 11 de mayo de 2014, realizamos una bonita ruta de montaña entre los valles del Ambroz y el Jerte y más concretamente entre las poblaciones de Casas del Monte enclavada en el valle del Ambroz y el Torno pueblo del Jerte. El día nos acompaño y todos disfrutamos de un entorno maravilloso que generan las laderas de Traslasierra. Después de haber disfrutado delo lindo todos los participantes durante la travesía, rematamos con una comida de hermandad en el albergue del pueblo del Torno con la que dimos por finalizada nuestra actividad. Las imágenes que más adelante les expongo dan fe de las bonitas vistas que se aprecian desde las vertientes de esta sierra. Pero antes de llegar a ellas, les relato en las siguientes líneas una leyenda que hay en el pueblo del Torno sobre uno de sus vecinos, la cual cuenta lo siguiente:

El tío picote

 

Año de 1809. España ardía en guerra. Las crueldades decretadas por Murat en e12 de mayo y la valiente pro­clama de don Andrés de Torrejón, alcalde de Móstoles, habían levantado el pueblo en armas. Al santo grito de "Independencia" se transformaban los más pacíficos en héroes.

Las huestes francesas se habían adueñado de la Península.

El mariscal Soult, con fuertes contingentes, ocupaba Plasencia. La bella ciudad, dominada, pero no rendida, lloraba en su impotencia los destrozos causados en sus palacios, en sus casas y hasta la destrucción por el incen­dio, de la ermita de su patrona. Si no habían quemado la venerada imagen fue debido a que hubo la previsión de traerla a la ciudad. Los pueblos estaban empobrecidos. Exhaustos los ejércitos libertadores. Las bandas de gue­rrilleros y las tropas invasoras vivían sobre el país. Ape­nas si los míseros hogareños tenían un pedazo de pan para matar el hambre.

A tres leguas de Plasencia, acostado sobre la falda de su sierra abrupta hay un pueblecito que vive mísera­mente del producto de la tierra y del ganado que ramea en la serranía.

Este pueblecito es: EL TORNO.

Es una mañana de agosto. El sol cae como lumbre de­rretida sobre los yermos campos.

Trepando por el angosto y desigual camino que atra­viesa los Reales de San Polo, sudoroso y jadeante, mo­chila a la espalda y fusil en la bandolera, camina un des­tacamento francés al mando de su sargento.

De la torre de la iglesia parte un alegre repique de campanas que anuncia a los fieles que va a comenzar la misa, en la que el sacerdote elevará sus preces rogando por la paz y el triunfo de la patria oprimida, por las vícti­mas inmoladas en las aras del deber.

Media hora después, el destacamento francés llegaba al pueblo en el preciso momento en que los religiosos al­deanos salían del templo.

No fue poca la sorpresa al encontrarse con la desagra­dable visita.

Dirigiéndose al alcalde, el sargento, con ese imperio y esa potestad que da la fuerza, le dice:

-"Exijo la entrega inmediata de seis arrobas de vina­gre. De lo contrario, incendiaré el pueblo".

-"Es imposible, porque cuanto había en el pueblo ha sido entregado a las tropas españolas que, al mando de Costa, han pasado por aquí".

-"Toma, para que sepas a quién hay que entregar el vino".

Sin darle tiempo a terminar, el insolente sargento dio un culatazo con el fusil en el pecho de la primera autori­dad.

Rugió el pueblo como un león irritado al contem­plar la cobarde agresión. Un hijo del alcalde arrojó una piedra con tal fortuna que yendo a chocar con la boca del sargento, le tiró de espaldas bañado en san­gre.

-"¡Mueran los franceses!"

-"¡Abajo los gabachos!"

-"iA ellos!"

-"iA ellos!"

Y se entabló una lucha feroz que determinó en breves momentos la vergonzosa huida de los pocos que queda­ron con vida, y que todavía fueron perseguidos a pedra­das largo trecho.

Aquella tarde se festejó la victoria con gran algazara y fiesta de tamboril. Las hermosas muchachas prodigaron sus sonrisas y amorosas miradas a los que más empuje mostraron en el combate.

Supo Soult lo ocurrido por los que pudieron escapar con vida y, ardiendo en cólera, dio orden expresa de no quedar en la aldea piedra sobre piedra.

Pero las gentes del Torno no se habían descuidado.

Suponían que el mariscal francés no dejaría sin ven­ganza la muerte de sus soldados, y en la casa del Ayunta­miento se reunió el magno consejo para tratar lo que ha­bía de hacerse.

-"Tenemos que prepararnos para la defensa, como sea".

-"No. Es mejor que vaya una comisión a Plasencia para explicar lo sucedido".

-"Vamos a hacer un pacto, entregando los prisione­ros".

...

Dudas, vacilaciones, palabras, hasta que del grupo de mujeres se destaca una hermosa muchacha de tez more­na, de ojos de endrina, de continente arrogante que, en­carándose con todos, grita:

-"Lo que proponéis es una cobardía. Los gabachos fusilarán a los comisionados primero y después arrasa­rán el pueblo. Sabemos que hemos de morir, pero vale más que sea peleando que como borregos. ¿Es que que­réis vernos deshonradas en sus brazos? ¡Fuera! ¡Fuera! Si tenéis miedo, quedáos atrás. Nos bastamos las muje­res para defendernos. ¡Vengan los fusiles! ¡Cobardes!"

-"¡Mueran los franceses! ¡Mueran los franceses!"

El elemento belicoso se impuso. La guerra sin cuartel quedaba declarada.

El tío Picote, el padre de la hembra arrogante y brava, el experto cazador de las alimañas fue el encargado de dirigir la defensa.

Hábil y práctico en sorpresas, consumado estratega a ultranza, dispone la defensa:

-"Vosotros, los más jóvenes, que tenéis las piernas más ágiles, os escondéis entre los matorrales. Desde allí se divisa el camino. Avisaréis la llegada de los franceses, procurando no ser vistos por los invasores.

"Vosotros, los que ya habéis servido, con las escope­tas y fusiles quitados a los franceses, os colocáis entre la maleza y los barrancales del Canalón. Por allí tienen for­zosamente que pasar los franceses.

"Todos los demás, hombres y mujeres, con lo que ten­gáis: hondas, hachas, hoces, palos... Os situáis frente a la viña del tío Pique.

"Los niños, los viejos y las mujeres que no podéis ha­cer nada, a la sierra, y os lleváis los ajuares, los víveres, y todo lo que podáis".

Apenas las luces primeras de la aurora teñían de oro y de sangre, los cejales que cubrían los picachos de la abrupta Sierra de Piornal, llegó uno de los vigías arras­trándose como un reptil, y dijo:

-"Tío Picote, ya están ahí. Están subiendo la cuesta. Son tantos que nublan el camino".

No se inmutó el jefe.

Recorrió los puestos y dio orden de guardar silencio absoluto. Él mismo, echándose a tierra, se ocultó entre las quebraduras de las peñas, en un lugar donde pudiera abarcar al enemigo a su placer.

-"¡Es un batallón completo! ¡Ah, malditos gabachos, llevaréis lo vuestro!"

Sonriendo, convencido de su triunfo, volvió puesto por puesto a dar órdenes de que nadie se moviese ni dis­parase hasta que él no lo hiciera.

Todo el pueblo está en silencio. Nada alteraba la paz y el sosiego de aquel purísimo amanecer.

Confiados los franceses trepaban por la cuesta, muy seguros de que los torniegos no habían de atreverse a re­sistir el aguerrido batallón vencedor de cien combates.

Van con el fusil a la espalda, en animada charla.

Piensan en regalarse con el fruto de la conquista, con el rico vino y los sabrosos jamones, con las mu­chachas guapas y rollizas, la mejor presa en época de campaña.

Frente al Cachón se detuvieron los de la avanzada y como no sintieron nada anormal, vieron las hermosas viñas y sus jugosos racimos y se dispusieron a tomarla por asalto.

La viña fue vendimiada por la soldadesca. Un cuarto de hora después, colocados los fusiles en pabellones, se tendieron en el suelo para saborear con más comodidad el dulce zumo de las vides.

Sonó de pronto una detonación.

El jefe de las fuerzas cayó muerto de un certero balazo en la frente. Los soldados corrieron a coger sus armas, pero de cada matorral salía un disparo que tumbaba a un hombre.

Los tiros sonaban por todas partes.

El desconcierto entre los soldados, que no hallaban enemigos visibles a quienes atacar y la voz de "sálvese el que pueda", se oyó entre ellos.

Cuando se inició la desbandada salió ebria de exter­minio la retaguardia del tío Picote, haciendo en el ene­migo tan terrible carnicería que muy contados pudieron escapar monte abajo a contar al mariscal su derrota.

Fueron recogidos cariñosamente los heridos y cuida­dos con esmero por aquellas mismas mujeres que tan bi­zarramente habían tomado parte en la acción y torna­ron todos al pueblo, que celebró espléndidamente su victoria. Entre tanto, Soult, en Plasencia, rugía de coraje deseando vengarse de los osados torniegos.

Los vencedores del Torno negociaron la entrega de prisioneros poniendo como condición que habían de ser entregados al Corregidor de Plasencia y no al maris­cal francés, y que éste habría de dar al olvido lo pasado.

Transigió Soult por el momento esta humillación.

El tío Picote con sus prisioneros marchó a Plasencia sin más armas que un hacha colgada del brazo. En el Ayuntamiento hizo entrega de ellos al Corregidor cuya autoridad no pudo evitar que los placentinos agasajaran espléndidamente al tío Picote, que tornó a su aldea co­mo un conquistador.

Soult, faltando a su palabra, mandó dos días después una división al Torno para vengar la afrenta.

Avisados los torniegos como la vez anterior, se trasla­daron a la sierra dejando el pueblo abandonado.

Al atardecer del 24 de agosto de 1809 llegó la división francesa al Torno y recogiendo el lino puesto a secar lo emplearon como com-bustible y pegaron fuego a la al­dea por varios puntos a la vez.

Pronto una espesa humareda y las llamas devorado­ras mancharon el limpio cielo de aquel heroico pueblo.

Los torniegos que desde sus escondites del monte, ob­servaron el incendio, se descolgaron como gatos y ocul­tándose entre los escombros llameantes y a favor de la espesa humareda se arrojaron sobre los franceses to­mando sangrienta venganza de los incendiarios.

El tío Picote reunió un pequeño grupo de valientes.

Formó una terrible partida de guerrilleros y siempre al acecho, en cuanto los franceses abandonaban las mura­llas de Plasencia, caía sobre ellos sin darles respiro.

La valerosa muchacha, hija del caudillo pueblerino, acompañó a su padre en sus empresas guerreras, portán­dose tan bravamente como aquellas heroínas que exaltaron la epopeya de la Independencia Nacional. Hoy son orgullo de las mujeres españolas.

El tío Picote, el comandante Golfín, el cura Canella y otros muchos hicieron del Valle del Jerte una tumba pa­ra las tropas francesas.

Ellos quemaron pueblos: El Torno, Jerte, Vadillo, Tornavacas... Pero estos hombres quisieron poner pre­cio a sus vidas.

La autoridad no supo agradecerlo y cuando acababa la guerra se impusieron tributos para rehacer la patria, no se tuvo en cuenta para nada el heroísmo y la muerte colectiva de muchos pueblos.

No es extraño que varios de estos pueblos tuvieron que decir a Fernando VII: "Mal pueden pagar tributos pueblos que no existen".

En los archivos del Torno se conservan algunos de los datos del incendio del pueblo por los franceses.

Lástima que el tiempo haga olvidar hechos como éste.

Entre tanto, El Torno y toda la región de la Alta Ex­tremadura tendrá siempre un compromiso con sus ante­pasados.

Y el tío Picote será un héroe, anónimo, pero héroe.

Y su hija será una de esas hembras, mujeres únicas que de vez en cuando sabe producir el suelo extremeño.

 

 

Fuente: José Sendin Blázquez


Comenzamos la ruta.

Ya maduran las cerezas.

  Los juveniles del grupo.
Y algunos con más edad.
Un viejo roble.
  El Sol se eleva sobre el Camocho.
  Reunión del grupo.
Ascendiendo por la ladera.
Otra más.
Y otra, con el valle del Ambroz y Casas del Monte.
Panorámica del Ambroz.
Aquí no se terminaba de subir.
Parece que la ascensión se suaviza.
El embalse de Gabriel y Galán.
Panorámica de robles.
Otra más.
Y otra.
Desde este punto, se lanzan en parapente.
Entre helechos y robles.
  Más subida.

Y más.
 
Descansando.
   A trepar canchos.
Ha estas rocas se las conoce como “La Montera del Fraile”.

El valle del Ambroz.
Camino del pueblo del Torno.
Valle del Jerte.
Cabecera del grupo.
Caballos a la sombra de los castañoss.
Refrescándonos.
Debajo de este árbol, reposan las cenizas de la escritora Dulce Chacón.
 
Dedicatoria a la escritora.
Panorámica.
El pueblo del Torno, y el embalse del Jerte.
   Y después de una mañana de andar y andar,
nada mejor que una comida en armonía de grupo.
Placas originales en las calles del pueblo del Torno.
Y otra más.
 
 
 

jueves, 10 de abril de 2014

La Garganta - Candelario - 6 de abril de 2014

Llegada al pueblo de La Garganta.
 
 
 
El día 6 de abril del 2014, realizamos una travesia por la zona de Candelario y Béjar, la cual discurría desde el pueblo de La Garganta al de Candelario, transitando por los parajes de La Muela, Hoya Cuevas, puente del Avellanar, etc. El tiempo nos acompaño por lo que pudimos disfrutar del recorrido, y así pasar un día agradable en estos entornos tan maravillosos como son esta parte del Sistema Central. Pero hoy en vez de historias, cuentos o leyendas de estas tierras de las sierras de Béjar y Candelario, les transcribo un artículo que encontré ya hace algún tiempo sobre el tema de la expansión de la zona esquiable de la Covatilla. El mencionado artículo fue publicado el 21 de agosto de 2006, y en él se refleja el sentir que seguramente mantengan la mayor parte de los amantes de la montaña, en referencia a la barbaridad que se hace cuando una zona de estas inmaculadas laderas y cumbres, se destinan a los propósitos comerciales de una estación de esquí. El volver a recordar ahora este escrito después de 8 años de su publicación, me parece oportuno por una sencilla razón que es, que con el transcurrir del tiempo la mente archiva lo que en un momento dado hemos pensado, y olvidamos muchas cosas que en su momento nos parecieron importantes. Por esta razón quiero que todos los amantes de la montaña, vuelvan a recordar que estas sierras de Béjar y Candelario, siguen estando en el filo de la navaja con respecto a la expansión de la estación de esquí de la Covatilla. Lo único que en la actualidad lo frena, es la gran crisis que padecemos. Por esto os pido que sigáis oponiéndoos,  a que nuevas pistas se abran en estos inmaculados terrenos que aún quedan por estas bellas montañas. Y ya sin más dilación les dejo que lean el artículo el cual dice lo siguiente:
 
La Generación del 98, como auscultadora y cronista que fue de una España en decadencia, encontró en las tierras de Castilla, y dentro de ellas en las de Béjar, región propicia y conveniente para sus necesidades expresivas. Béjar fue recomendada por Miguel de Unamuno -que la conocía desde mucho antes que sus compañeros de generación- a pintores como Sorolla, Benedito y Regoyos, a escritores como Baroja y Azorín, y a científicos como Santiago Ramón y Cajal; como quien recomienda una musa, un lugar para curar males de salud o un tesoro para hacérselo partícipe. Con la mente en esta Babia sugestiva y creativa, los nombres más talentosos del momento se dejaron sentir por aquí con el inicio del siglo XX, colmados de incertidumbres y de temores; pero también de deseos de hermosear su talento con la adecuada inspiración que respaldaban montañas, bosques, habitantes y moradas.
Béjar era -triste es decirlo- una deseable reliquia en forma de sombra de lo que fue (también de lo que llegaría después a ser), un monumento inmaculado y abatido alrededor del cual aquellos intelectuales suspiraban.
Y se pusieron manos a la obra.
En el daguerrotipo fotográfico de Ramón y Cajal quedó suspendida la imagen solemne de la laguna grande del Trampal, la misma que se solidificó en versos unamunianos (y por tanto oscuros), mientras, entre huelga y huelga de textiles, Regoyos pintaba, subyugado, los atardeceres malvas del Calvitero.
Comenzaba el siglo XX. Todo estaba por descubrir: las montañas (también la nuestra) levantaban pasiones científicas, literarias y filosóficas; se adentraba a ellas con impulsos de conocimiento y codicia de sabiduría. La experiencia era la premisa del conocimiento: había que estar allí para dar fe de la nueva especie botánica; había que subir por sus veredas y plantar entre rocas el caballete para pintar la más  fidedigna belleza; había que perderse en ella para contarlo y poetizarlo. No debió dejar de ser, pienso ahora, la montaña privacidad de investigadores y estudiosos, de artistas; dejándonos entrar en tropel a los demás. No debieron las montañas clausurar su fielato haciéndose públicas, mapa de cercanías y paseos. De aquellos excursionistas, debatidos entre la mera erudición y la lírica, sólo se podía esperar el respeto por lo investigado, lo pintado, lo cantado o lo versado, es decir por la naturaleza. Para el excursionismo contemporáneo que hoy ejercemos nosotros demasiada sería esa presuposición y, habiéndose multiplicado el número de aficionados a la montaña y su contorno, la sierra-musa de los noventayochistas está en más serio peligro que nunca.
Ha pasado un siglo desde tan ilustres invitados. La decadencia que sufrimos no es mucho menos preocupante que la de 1900, pero la sombra de un proyecto trazado con tiralíneas sobre los planos de la Sierra de Béjar puede dejarnos sin objeto de deseo ni reclamo de sabios. Muchos de los promotores y defensores del esquiable invento no conocen ni las laderas, ni los valles, ni las cumbres de esta montaña por la que planean sus insaciables babas lucrativas. Demostrado su escaso afecto por la montaña, por su verdadero significado, produce miedo imaginarlos en ella. Sólo me queda desear a los valedores de ese magnífico despropósito, que, abundando en su comodidad, jamás conozcan el lugar que ignoran:
No conozcan, pues, El Trampal, Talamanca, el Jorco, Los Canalizos, El Chorrito (tan cerca y tan lejos de Béjar). No conozcan, por favor, Hoya Moros, diamante y corona de la Sierra de Béjar: los riscos de El Tejadillo y Paso del Diablo, colgados al precipicio donde se genera la hilatura de plata del Cuerpo de Hombre.  No conozcan sus turberas empapadas de plantas endémicas, la carnívora rosoli de agua, el festival rosáceo de la amarga genciana, la campánula o el azafrán serrano. No conozcan, por favor, sus amaneceres manchados de luna perdida con el aleteo de los buitres, las águilas culebreras o los cernícalos; ni sigan el rastro de la comadreja o la musaraña, en el nevero terminal bajo el balcón rocoso del Torreón. No contemplen ninguna aurora desde la erguida canal de los Dos Hermanitos con una mezcla extraña de miedo y placer de belleza, asomados a la grieta titánica que atraviesa la enormidad de uno de los riscos. No recorran nunca los primeros gateos del río espejando narcisos y cervunos a su paso, retorciéndose en meandros y sorteando los caprichos de la orografía con saltos deshilachados de agua donde se recluyen en verano los siete colores del arco iris. No crucen jamás el laberinto de rocas ciclópeas que desconcertó a Sanz Donaire en su periplo docto y glaciarista. No entren nunca a la secreta gruta de derrubios en busca de la leyenda (".en Hoya Moros guardo mis tesoros"), ni prueben la beneficencia del agua acristalada recién nacida ni la brisa con que, desde ese lugar mágico, el sol se entrega a la noche.
No lo merecen.
Y después de esto paso a exponerle parte de las imágenes que fui tomando a lo largo del recorrido. Espero que disfruten de ellas.
 
Panorámica con cumbres nevadas.

Nos esperaba un día soleado.
Cabecera del Valle del Ambroz.
El pueblo de La Garganta.
La Muela en un primer plano, y al fondo Hoya Moros.

Presa de Navamuño.

La Muela vista de cerca.
Otra panorámica de Hoya Moros.
 
Más naturaleza.
Llegando a la Muela.
Buscando sitio para recuperar fuerzas.
Otra panorámica.

Comenzando la ascensión hacia Hoya Cueva.

Vieja majada.

Subida hacia Hoya Cueva.
Ya se ve Hoya Cueva.
Pero seguíamos subiendo.
Parte del grupo.
Tomando aire.
  Panorámica
La nieve estaba blanda.
Cada vez se ponía más cuesta arriba.
Hoya Cuevas y su refugio.

Panorámica.
Otra más.

El río Cuerpo de Hombre poco después
 de su nacimiento.
Construyendo un vado para cruzarle.
Los Hermanitos de Hoya Moro.
  Ha saltar.
Parte del grupo descendiendo.

Panorámica de Hoya Cueva.
Trazada del curso del río Cuerpo de Hombre.
Descendiendo por una morrena
de los antiguos glaciares.
Entrada a Candelario.